El Dr.
Rafael Acevedo, director de Econintech, me compartió una metáfora brillante
para explicar por qué Panamá, al no tener banco central, no ha sufrido
históricamente ni excesos ni escasez de dinero que generen choques
inflacionarios o deflacionarios.
La
comparación es con el funcionamiento de las esclusas del Canal de Panamá.
Cada día,
más de 70 barcos atraviesan el istmo, movilizando cerca del 8% del comercio
mundial. Este flujo constante de mercancías exige un sistema eficiente, preciso
y equilibrado. Las esclusas permiten elevar o descender los barcos entre el
océano Pacífico y el mar Caribe mediante un control exacto del nivel del agua.
Ese mismo
principio —flujo, ajuste y equilibrio— se refleja en el sistema monetario
panameño.
La
naturaleza fue generosa con Panamá: su posición geográfica lo convirtió en un
punto clave del comercio global. Esta dinámica económica exigía una moneda
confiable, capaz de facilitar el intercambio internacional.
En este
contexto, Don Justo Arosemena planteó ideas adelantadas a su tiempo. En sus
escritos, influenciado por la Conferencia Internacional Monetaria de 1867,
propuso la adopción de una unidad monetaria basada en el oro, que sirviera como
referencia común para el comercio internacional. Incluso sugirió que en América
podría adoptarse un “Colón de oro” como unidad de cuenta.
Posteriormente,
en su ensayo “Moneda en el Istmo” (1894), Arosemena profundiza esta
idea: una moneda basada en el oro, no necesariamente como respaldo físico en
bóvedas, sino como referencia de valor para facilitar el intercambio entre
monedas de distintos países, todos ellos operando bajo el patrón oro clásico.
Este
enfoque anticipa, de forma conceptual, el sistema que Panamá adoptaría tras su
independencia de Colombia: una economía sin banco central, sin prestamista de
última instancia y sin controles estatales sobre la entrada y salida de
capitales ni sobre las tasas de interés.
En este
sistema, el equilibrio monetario no es impuesto, sino que surge de forma
espontánea.
Cuando
los bancos en Panamá tienen exceso de liquidez, esos fondos fluyen hacia el
exterior en busca de mejores rendimientos. Esto ocurre porque, internamente, la
demanda por ese dinero es menor.
Por el
contrario, cuando hay escasez de dinero y la demanda aumenta, los bancos traen
capital desde sus casas matrices o mercados internacionales para cubrir esa
necesidad.
Este
ajuste automático es equivalente al funcionamiento de las esclusas:
el agua sube o baja según la necesidad del sistema, manteniendo siempre el
equilibrio.
Ese es el
“equilibrio monetario perpetuo” de Panamá. No hay autoridad central manipulando
la cantidad de dinero. No hay decisiones discrecionales.
Solo flujo, ajuste y equilibrio. El resultado es evidente: más de un siglo de
estabilidad monetaria, con una inflación promedio anual que históricamente se
ha mantenido alrededor o por debajo del 2.5%.
La
metáfora del Dr. Acevedo no solo es elegante, sino profundamente explicativa:
un sistema descentralizado, abierto y conectado al mundo tiende naturalmente al
equilibrio.
Para
cerrar, dejo una pregunta a los economistas keynesianos:
¿Realmente
necesitan sus países un banco central?
Probablemente,
Don Justo Arosemena respondería con una frase simple y contundente:
“Los
hechos son el argumento más poderoso, porque son irrefutables.”

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